Si cierras los ojos y piensas en la cocina valenciana, seguramente la primera imagen que te viene a la mente es una paella junto al mar, con su capa fina de arroz dorado y su aroma a leña. Pero Valencia, en la zona del interior, guarda tesoros menos conocidos fuera de nuestras fronteras, y uno de ellos es el arroz al horno, y sus numerosas variantes.
Se trata de un plato que reúne lo mejor de la cocina tradicional: ingredientes sencillos, sabor intenso y una cocción lenta en cazuela de barro que transforma un humilde arroz, en una experiencia gastronómica que te abraza desde el primer bocado.
En esta ocasión, vamos a preparar una versión que me encanta hacer cuando empieza el fresquito, cuando en los mercados aparecen las calabazas recién cortadas y las setas llenan de aromas terrosos los puestos. El protagonista será el magro de cerdo, tierno y jugoso, acompañado de calabaza dulce y setas variadas, todo ello cocinado en una cazuela de barro que guarda y reparte el calor de manera única.

Un poco de historia: del horno de leña a tu mesa
El arroz al horno (arròs al forn) nació como una receta de aprovechamiento. En los pueblos valencianos, después de hacer cocido (puchero), se utilizaba el caldo, los garbanzos y las carnes sobrantes para preparar este arroz, que se llevaba al horno del pueblo a cocer lentamente en cazuelas de barro. Era una forma de alargar la vida de los ingredientes y, al mismo tiempo, crear un plato nuevo, lleno de sabor.
Mi versión con magro de cerdo, calabaza y setas no es la más ortodoxa, pero mantiene la esencia: un arroz meloso en su interior, con la capa superior ligeramente tostada y con aromas que sólo se consiguen en horno. Lo que cambia aquí es el guiño a los sabores de otoño, que combinan a la perfección con el toque rústico del plato.
Paso a paso: así se hace el arroz al horno perfecto
Un bocado de tradición al horno
Preparar un buen arroz al horno no es solo cuestión de seguir una receta; es un ritual que combina técnica, paciencia y cariño por el producto. La elección de la cazuela es clave: el barro reparte el calor de forma uniforme y permite que el arroz repose sin perder temperatura, logrando esa textura jugosa por dentro y seca en la superficie que tanto caracteriza a este plato.
Durante la cocción en el horno, es fundamental resistir la tentación de remover el arroz; así conservará su estructura y no se volverá pastoso. Un caldo casero, elaborado con tiempo y buenos ingredientes, elevará el sabor a otro nivel, y si además aprovechamos setas de temporada, como níscalos (también conocidos como rebollones) o boletus, conseguiremos un aroma profundo y silvestre que nos transportará directamente a un paseo por el monte.
Aunque esta versión con magro, calabaza y setas es perfecta para los meses de otoño, la versatilidad del arroz al horno permite muchas otras interpretaciones. Se puede volver a sus raíces más tradicionales con garbanzos, morcilla y costillas de cerdo; darle un giro marinero con fumet, sepia y gambas; o apostar por combinaciones más inusuales, como pato con alcachofas. Cada variante cuenta su propia historia, pero todas comparten esa magia de reunir a la familia en torno a la mesa.
Y es precisamente en la mesa donde este plato alcanza su momento más especial. Servirlo directamente en la cazuela, colocada en el centro, invita a compartir y a disfrutar de la experiencia juntos. Romper la capa dorada que se forma en la parte superior con la cuchara es un gesto que despierta sonrisas y abre el apetito. Acompañado de una ensalada fresca y un buen vino —ya sea el blanco aromático Sericis Cepas Viejas Merseguera o el intenso Galeam Crianza Monastrell—, este arroz al horno se convierte en un festín completo, capaz de reconfortar el cuerpo y el espíritu.
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